En el escritorio del Tal Ivar hay de todo, cosas que son mías y otras que el trabajo me va acumulando. No soy muy organizado, de hecho muchas veces he deseado vivir en la época del Mad Men® y tener una secretaria que me diga qué tengo que hacer, cuándo, dónde y con quién. Que conteste el teléfono por mí, neta pagaría muchos dólares para que alguien use mi iphone®, tengo un rollo extraño con él, la neta no me gusta hablar por teléfono, prefiero mandar mensajes de texto o hasta mandar e-mail en vez de hablar por funky. Pero sigamos con el escritorio: hay unos luchadores, y no por moda ni porque piensen que soy un creativo mexicano, sino que neta fueron mis juguetes favoritos cuando era niño, sobre las autopistas, los castillos, los Playmobil® y hasta el Atari®. Hay unos diccionarios Larousse® que ya ni uso por culpa del Wikipedia® o la rae.es. Me acaba de llegar mi álbum del mundial Panini® del que me quedan menos de dos semanas para llenar. Frente a mí hay un maniquí con la camiseta de México marca Spenglish® puesta y una máscara del Huracán Ramírez®. Hay también una botella de Bacardí® Blanco rellena de agua, vieran qué buena cara ponen los clientes cuando me ven tomándole. Cables, muchos cables reposan también en este desktop, cables de los que no tengo idea para qué sirven o de qué son. Cuento igual con una botella de Purell®, quesque para desinfectarme las manos. Una matatena, un balero, una Virgen de Guadalupe® (por si no les queda muy claro que soy mexicano), el teléfono empolvado, las playeras que me han regalado los proveedores, mis plumas y lápices, mis cuadernos, algunas hojas impresas, varias caricaturas hechas en Post it® de mi hijo-gato el Turuntuntún y el tapete de Yoga de mi mujer que me encargó porque su Crunch® queda enfrente de mi agencia. Así la decoración se mantiene más o menos igual durante todo el año, de pronto algunos elementos se suman, luego otros los termino por destruir, pero al final, los mejor de todo es que éste es mi lugar, donde paso la mitad de mis días, donde trabajo, pienso, escribo, me cago de risa o hasta me quedo jetón. Tal vez esto me defina un poco, tal vez me confunde más. De mientras me termino mi café que cabe señalar que nunca es un Starbucks®, me caga el Starbucks®, está más sabroso el del carrito de árabes en la esquina de Astor Pl. y Lafayette St. El tal Ivar. New York, NY. Junio del 2010. Ella me gusta y yo a ella también...